Conversaciones con FRIDA vol.II

 

Había llovido durante toda la noche con insistente parsimonia, con la desesperación rutinaria de un funcionario que sella instancias. La ciudad amaneció perezosa y silente, lavada de llanto. Salí temprano de casa. Necesitaba calles, señoras con carros de la compra, policías canallas, niños impertinentes, taxistas desesperados. Necesitaba maquillar mi dolor de bullicio y ahogarlo en la droga de las fealdades cotidianas. Porque sí, las perras también tenemos días malos, noches interminables, desazones interiores. Al doblar una esquina me sonrió. Era lo primero que me sonreía en una semana.

— ¿Dónde vas, perra, tan divina y desolada, con esa cara de Jackie Kennedy el día del funeral?

— Hoy no estoy para frivolidades, Frida.

— Algo he intuido, por eso te busco, porque de dolor sé todo lo que hay que saber.

— De mi dolor nadie sabe nada. Es una joya escondida en un cofre que nunca enseño.

— No me seas melodramática. Todas sabemos de dolor, todas tenemos cofres escondidos de los que nunca hablamos a nadie. Luego es ya nuestra decisión dejar que esas sombras nos aplasten o usarlas para fabricar rayos de sol.

— ¿Fabricar rayos de sol? ¿Este mundo pútrido merece rayos de sol?

— Da igual si los merece el mundo, Martina, los mereces tú que ya es bastante. Mira, perra, yo podría haber escrito una teología del dolor, podría haberme regodeado en él cada día, pero decidí convertirlo en arte. De hecho solo de ahí puede salir lo que de verdad mueve y conmueve, no hay arte sin dolor como no hay amor sin dolor, las cosas que merecen la pena duelen.

— Pues yo quiero anestesiarme el alma.

— Eso quieres hoy, pero mañana sin pretenderlo conquistarás una cima y verás tu dolor ahí abajo tan pequeño, tan inofensivo y te reirás de él, te reirás de aquella Martina patética que salía con pelos de loca y gafas de sol un día nublado.

— ¿Tengo pelos de loca?

— Totalmente.

— Necesito un espejo ahora mismo, puedo estar derrumbada por dentro, pero jamás permitiré que alguien me vea sin pensar ¡qué perra tan divina!

Entramos en el baño más cutre de la ciudad, en el del primer bar que vimos abierto. Ella sonreía maliciosamente mientras yo rehacía mi maltrecho aspecto a toda velocidad frente a un espejo sucio y roto.

— Y, voila, esta es Martina. Has conseguido sacar belleza de tu dolor en medio de la mas desoladora fealdad. Tú también naciste para hacer milagros.

— Vamos a tomarnos un copazo y a celebrar que estamos vivas, un punto de decadencia también tiene su belleza.

— ¿A las nueve de la mañana, Martina?

— ¿Se te ocurre algo más decadente y más sublime?

Y nos dieron las diez y las once, las doce, la una, se nos hizo de noche riéndonos de nuestros miedos y nuestras obsesiones, de nuestros looks pasados y futuros, de Trotsky, Diego Rivera, Holly Golayghtly, mi padre, sus hermanas. No hubo muros ni barreras, solo risas y llantos que salían del alma. Camino a casa con los primeros atisbos del amanecer la ciudad parecía ya otra, como si hubiera despertado de una pesadilla y se hubiera sentido reconfortada por el calor de las sábanas y el silencio y la seguridad de su cuarto. Era acogedora y tranquilizadora.

— ¿Dónde vas a dormir?— le pregunté.

— Yo no duermo— me dijo— Yo solo vivo, es lo bueno de no estar ni aquí ni allí, ni muerta ni viva.

Me dio un beso en la frente y desapareció de nuevo. La imaginé buscando nuevas almas descarriadas, riendo con amigos desconocidos e insospechados y sentí celos de los bienaventurados que la tendrían. Pero también sentí gratitud por haberla encontrado de nuevo. Llegué al portal de casa y decidí darme la vuelta, necesitaba dar un paseo para desprenderme de tanta intensidad. Entonces lo vi, aquel color en el cielo que me recordó a una laca de uñas que me recordó a un abrigo que había visto y mi mente comenzó a crear y a ilusionarse y el dolor fue quedando lejos, pequeño, inofensivo.

*Texto de mi amadisimo Migueal Angel Acosta.

 

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